Categoría: Autores y libros olvidados
17 Agosto 2009
ORGANITO DE LA TARDE (*) Una anécdota.
Cátulo Castillo no había concluido aún el bachillerato, cuando, a los 17 años, compuso su primer tango famoso: "Organito de la tarde", titulado así por su padre y también por su padre inscrito en un concurso organizado por la empresa de Max Glücksmann. Éste era un inmigrante ucraniano que había llegado al país en los días de la revolución del Parque (1890) y en poco tiempo había erigido un emporio que incluía cadenas de cines, teatros, grabación de discos, distribución de películas, etc. En 1924 tuvo una excelente idea: organizar un certamen de tangos inéditos. La iniciativa prosperó y los concursos del Disco Doble Nacional Odeón (don Max tenía la concesión de esa marca en nuestro país) se prolongaron año tras año, con éxito creciente, hasta 1930, el año de la crisis.
Cátulo interviene en el de 1924 obteniendo el tercer premio, detrás de Canaro y Lomuto y precediendo a figuras de gran predicamento como Filiberto, Delfino y Arturo De Bassi, entre otros. "Así me lancé a la vida profesional -recuerda Cátulo- con la protesta de los músicos consagrados, quienes creían que yo estaba arreglado por mi padre".
Conviene recordar que, para entonces, don José era empleado de la casa Glücksmann, por lo cual la suspicacia de los músicos consagrados tenía cierto asidero. Por otra parte, el sistema de votación daba lugar a toda clase de resquemores. El que elegía era el público presente en la sala (las distintas rondas se llevaron a cabo en el cine y teatro "Gran Splendid"), a través del talón de la entrada, y la comisión de escrutinio la integraban empleados de confianza de la empresa organizadora. El más ofuscado de todos los contrincantes de Cátulo fue, el de por sí irascible, Juan de Dios Filiberto. Poco antes de discernirse los primeros premios, el autor de "Caminito" llamó a don José en un aparte y lo encaró:
"- Usted lo está echando a perder al mocoso ese, porque va a entrar en la competencia final conmigo. Si me gana, sepa, señor Castillo, que yo me he criado matando vigilantes.
"Mi padre se paró y agrandándose le dijo:
"-¿Usted se ha criado matando vigilantes? Sepa que yo me crié matando sargentos. Les daba dos puñaladas de ventaja y los cagaba a patadas".
Filiberto quedó quinto con su tango "Amigazo" y aunque la sangre no llegó al río, la realidad es que sus sospechas no resultaban infundadas. José González Castillo se lo explicó cierta vez a Francisco García Jiménez: "Creí comprender en seguida cómo era el jueguito del concurso. Si cada entrada al cine equivalía a un voto, y viceversa, ganaba en fija el competidor que sacaba más entradas en la taquilla". Convencido de la calidad de la obra y de la vocación musical de su hijo, don José decide incidir en el veredicto "popular". "Me largué a sacar montones de entradas y convertirlas en votos desde la primera rueda". Cuando llegó la fecha de cierre, "resuelto a endeudarme si era necesario, para que mi hijo ganara, corrí al Grand Splendid a sacar entradas por talonarios enteros. Y allí me enteré con amarga sorpresa de que no quedaba a la venta más que una discreta cantidad. El resto ya había sido despachado".
Se le habían anticipado sus rivales, es decir Canaro y Lomuto, estrellas del Disco Nacional, la empresa de Glücksman. "Yo me fui rabioso con las magras entradas que conseguí. Y esa noche la urna dio el primer puesto a Canaro, el segundo a Lomuto y el tercero, lejos, a Cátulo".
De Juan Carlos Jara, "Barro de arrabal. Vida y obra de Cátulo Castillo", Ediciones del Instituto Arturo Jauretche, Bs. As., 2008.
(*) Letra, partitura y versión instrumental por la orquesta de Cristóbal Herreros en http://www.todotango.com/spanish/las_obras/letra.aspx?idletra=360
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
17 Agosto 2009
GONZALEZ CASTILLO, JOSE
(1885-1937)
Nace en Rosario, provincia de Santa Fe, el 26 de enero de 1885.
Huérfano de padre y madre antes de cumplir los diez años, vive una infancia errante que lo lleva a recalar en Orán, Salta, donde es amparado en su iglesia por el párroco del lugar. Primero oficia de monaguillo, luego de sacristán y finalmente ingresa en el seminario conciliar de la provincia. Se distingue como un alumno muy aplicado pero, carente de vocación sacerdotal, termina desertando del seminario, lo mismo que de un regimiento tucumano al que se incorporó poco tiempo después. Trabaja como peón de estancia, resero, y dependiente de pulpería. No tiene 20 años cuando regresa a Rosario. Se desempeña en otro sinnúmero de oficios, hasta que ingresa como periodista en el diario "La Capital". Allí conoce a Lisandro de la Torre y anuda una fraternal amistad con Florencio Sánchez.
Hacia 1905 se radica en Buenos Aires. "Con Florencio, desarrapado y rebelde como Castillo -dice Federico Mertens-, frecuentan sociedades secretas y proletarias y conocen algunas veces los calabozos". En el café de Los Inmortales conoce al escritor libertario Alberto Ghiraldo (ver "Los Malditos", vol. III) quien lo hace ingresar a "La Protesta", diario anarquista. De esa época es su primera obra teatral: "Los rebeldes". El cuadro filodramático que la estrenó, el público asistente y el mismo González Castillo terminaron la velada entre rejas. Así -dice César Tiempo-, nuestro autor se empezaba a hacer un nombre en el teatro y en los archivos policiales. Pero el pichón de dramaturgo siguió adelante sin arredrarse. A "Los Rebeldes" sucedió "Del fango", sainete estrenado por Pepe Podestá en 1907 y dos deliciosos cuadros orilleros en verso: "Entre Bueyes no hay cornadas" (1906) y "El retrato del pibe" (1908). Le siguen "Luigi" (1909), su primer gran éxito, y "La telaraña (1910), donde denuncia la deshumanización del sistema policial y jurídico, retomando la metáfora del "Martín Fierro", así glosada por el protagonista: "Francamente, amigo, bien dijo aquél que dijo que la justicia era una tela de araña; enredada y elástica como ella, solo atrapa a los bichos débiles".
Hacia la fecha del primer centenario debe emigrar con su familia a Valparaíso, Chile, donde se gana la vida correteando vinos y -para despuntar el vicio- dirige el periódico de combate "Bric a Brac". Su actividad periodística le depara aquí también problemas con las autoridades por lo que decide regresar a Buenos Aires. Se afinca ya definitivamente en el barrio de Boedo, al que legará memorables proyectos culturales como la Universidad Popular (fundada en 1928) y la peña cultural Pacha Camac (1932) que comenzó funcionando en los altos del café Biarritz y lo sobrevivió casi dos décadas. También dejó una larga serie de discípulos (desde Betinoti hasta Homero Manzi) que entendieron lo que éste llamó su "estética criolla", en la que lo popular no se confunde con la chabacanería ni con la "jerarquización" elitista, a las que son tan proclives algunos artistas de ayer y de hoy.
En los años que van de 1914 a 1918 se consolida como dramaturgo a través de títulos como "Los invertidos" (1914), "El hijo de Agar" (1915), "La mujer de Ulises" (1918), "Los dientes del perro" (1918). En esta última pieza estrena su primer tango "¿Qué has hecho de mi cariño?", al que siguen "Sobre el pucho" (1922), "Organito de la tarde" (1924), "Griseta" (1924), "Silbando" (1925), "El aguacero" (1930) y muchos otros, escritos en su mayoría sobre música de su hijo Cátulo.
Decidido partidario de los nuevos medios masivos, participa de los primeros balbuceos de nuestro cine con los guiones de "El fusilamiento de Dorrego" (Mario Gallo, 1909) y "Juan Moreira" (1910). En 1913 escribe el guión de la historieta cómica "Viruta" y en 1915 redacta las leyendas de "Nobleza gaucha", el primer gran éxito del cine nacional. También, después del '20, escribe para la radiofonía y cultiva, con ingenio, el nuevo género de la revista porteña. Pero su labor no se agota allí. En 1909 crea la revista especializada "Teatro criollo", y al año siguiente se encuentra entre los fundadores de la "Sociedad Argentina de Autores Dramáticos y Líricos", embrión de instituciones actuales como "Argentores" y "SADAIC". Con certeza ha dicho José Antonio Saldías: "La vida de este escritor intensísima en episodios y en actividad mental e intelectiva, tiene la singularidad de una dedicación permanente a los problemas, conflictos y aspiraciones de la colectividad".
Falleció repentinamente, mientras dormía, el 27 de octubre de 1937. Su obra aún está por justipreciarse.
Juan Carlos Jara (Del libro "Los malditos", 4, editorial Madres de Plaza de Mayo, Bs. As., 2009)
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
22 Noviembre 2008
No es posible explicar la historia personal de José Hernández, enigma inescrutable para muchos, si no entendemos que la suya fue la parábola del federalismo provinciano desde la caída de Rosas hasta la capitalización de Buenos Aires en el ‘80. Y más aún si desgajamos su obra escrita de su itinerario de político militante y comprometido que cuando vio cerrada la posibilidad de emprender la critica de las armas -a la orden del día en aquellos años de guerra civil-, empuñó las armas de la crítica, en este caso a través de la poesía, y produjo con Martín Fierro el más genial alegato en defensa de la “barbarie” criolla frente a la civilización importada y enajenante de los adocenados intelectuales europeístas.
Sobre esta obra -incomparable “fotografía de una raza legendaria que se extingue”, como la viera Rafael Hernández- se ha derramado una larga serie de infundios, hijos en su mayoría del odio político que habita con más frecuencia de lo que se cree en la que Mitre llamaba “república platónica de las letras”. Una de esas falacias proviene del citado Lugones quien ya en sus conferencias de 1913 en el teatro Odeón, al redescubrir el poema para la elite culta, crea el mito de un Hernández mediocre, creador inconsciente de una obra genial. Carlos Alberto Leumann, en sus documentados trabajos de El poeta creador, demuestra que no se trató de la obra espontánea y repentista de un mero payador tocado momentáneamente por la gracia, sino labor de profundo estudio y larga preparación.
Por su parte, en su injustamente célebre Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Ezequiel Martínez Estrada inaugura otra forma de detracción hernandiana: elogiar la Ida y reprobar la Vuelta, expresión de rebeldía genuina la primera y de oportunista acomodamiento a las circunstancias políticas la segunda. Si es que resulta lícito separar las dos partes del poema, cuya unidad temática y de estilo no parece aconsejar tal parcelación, la supuesta diferencia entre una y otra está claramente explicitada por las modificaciones profundas en la situación política y social de la época: el ocaso de las luchas montoneras, la escalada inmigratoria, el boom agrícola y vacuno, a lo que debe sumarse que en 1880, con el advenimiento de Roca y la federalización de Buenos Aires, se ponía fin a un siglo de guerra civil permanente. El error de muchos autores (desde Feinmann a Halperín Donghi) es exigirle a Hernández posturas que trascienden el liberalismo nacional, alberdiano al que éste siempre adhirió. Ese equívoco lleva a despropósitos como el del autor de Filosofía y Nación, quien, desde posiciones supuestamente nacionales y populares, termina elogiando al Facundo de Sarmiento -manual de liberalismo antinacional, si los hay- y condenando a Hernández como mera expresión política y literaria de la clase ganadera del litoral. Basta con transcribir este fragmento de Feinmann para advertir lo descabellado de sus conclusiones: “Facundo es el poema épico de la montonera, que expresa como ningún otro libro de nuestra literatura (más que Martín Fierro incluso, donde no hay montoneras ni caudillos ni nada que se les parezca), el momento más pleno, más heroico y nacional del gaucho: el de su resistencia contra la política de Buenos Aires”.
Nos quedaría hablar por último del príncipe de las letras argentinas. Jorge Luis Borges, siguiendo la línea de Oyuela y Coni, descontextualiza el drama social de Fierro definiéndolo como un mero personaje de ficción, un simple cuchillero de 1870 o, citando humorísticamente a Macedonio Fernández, como “un siciliano vengativo”. Abundan los escritos hernandianos, empero, que explican con lujo de detalles los avatares de su personaje como síntesis poética de la tragedia de toda una clase social. Más aún, ya el citado Subieta, contemporáneo del autor, había sabido ver esa circunstancia: “Martín Fierro -señala- no es un hombre, es una clase, una raza, casi un pueblo, es una época de nuestra vida, es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes, es el gaucho luchando contra las capas superiores de la sociedad que lo oprimen, es la protesta contra la injusticia, es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar sin conocer las necesidades del pueblo, es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran capital hasta las tolderías del salvaje”.
Por último, también a Borges (con ayuda de Blómberg y Tiscornia) se debe la fábula de considerar a Martín Fierro -cuya primera edición es de diciembre de 1872-, un virtual plagio de Los tres gauchos orientales, poema gauchesco que el uruguayo Antonio Lussich había dado a la imprenta en junio del mismo año. Un ejemplo. Borges transcribe estos versos de Hernández:
Ansí que al venir la noche
iba a buscar mi guarida,
pues ande el tigre se anida
también el hombre lo pasa,
y no quería que en las casas
me rodiara la partida,
y los compara con estos otros, presuntamente anteriores, de Lussich:
Y ha de sobrar monte o sierra
que me abrigue en su guarida,
que ande una fiera se anida
también el hombre se encierra.
La similitud de ambas estrofas es indiscutible. Sin embargo, el erudito comentador incurrió en un pequeño desliz, enmendado en 1964 por la profesora oriental Eneida Sansone de Martínez. El gazapo borgiano consistía en comparar la primera edición de Fierro con una muy posterior -corregida y aumentada- del poema de Lussich. Allí sí se observan pasajes similares entre uno y otro poema, pero todos son añadidos por Lussich, en 1883, para la edición definitiva de su obra. Si Borges hubiera confrontado las primeras ediciones de ambos textos -operación elemental del estudioso menos avisado- habría advertido que el supuesto plagio fue a la inversa. Pero la autoridad de la firma de Borges hace que muchos, aún hoy, sigan repitiendo ese error que el maestro muerto en Ginebra jamás se ocupó en rectificar.
Y así suele escribirse la historia.
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
21 Octubre 2008
Alguna vez dijo Miguel Navarro Viola, amigo y correligionario de José Hernández, que Martín Fierro era “una lección de lo que debe ser la poesía, es decir: una moral y un arte”. Sin embargo, durante muchos años – más de un cuarto de siglo, en rigor-, la obra magna de Hernández fue desestimada desde ambos puntos de vista. Exceptuando la crítica del boliviano Pablo Subieta, publicada en el diario “Las Provincias”, de Evaristo Carriego, en 1881, la intelectualidad europeizada de la época le hizo el vacío y cuando se vio obligado a abordarla puso el acento en “las formas incorrectas” (Cané) o en los “barbarismos que no eran indispensables para poner el libro al alcance de todo el mundo” (Mitre). Pero, más allá de las excepciones, el arma preferida de los críticos fue el silencio. El nombre de Hernández –dice Antonio Pagés Larraya- “no aparece en las muchas revistas literarias que se publicaron después de 1870. Martín García Merou, espíritu acuciado por el interés de los libros y los autores, no lo menciona en sus Recuerdos literarios (1891), tan acogedor para nombres ínfimos y hoy olvidados con toda justicia. Juan María Gutiérrez, el maestro de los críticos argentinos, ni siquiera lo comentó”.
Sólo los gauchos –verdaderos destinatarios del poema- comprendieron y apreciaron tanto la moral como el arte del mensaje hernandiano. Sabido es que entre 1872 y 1878 se tiraron once ediciones de El gaucho Martín Fierro con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares vendidos, cifra de por sí sorprendente, pero que debe multiplicarse varias veces si recordamos que por cada lector solía haber, en fogones y pulperías, un numeroso coro de oyentes siguiendo las peripecias del héroe de la pampa. Recién después de 1916 –fecha sintomática-, en que Leopoldo Lugones en El Payador y Ricardo Rojas en su Historia de la literatura argentina revisan ese insostenible ninguneo de la intelligentzia del siglo XIX, comenzará a reivindicarse a Hernández –bien que con reservas, como se verá- elevándolo al podio más alto dentro de los cultores de nuestra poesía gauchesca.
Juan Carlos Jara.
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
23 Septiembre 2008
“Mejores ojos para ver el país”, reclamó la presidenta en un discurso reciente frente a sectores de la burguesía nacional; esa misma burguesía que –dicho sea al pasar- las más de las veces demostró sufrir de miopía congénita para todo aquello que escapara a sus mezquinos intereses de corto, cortísimo plazo. Pero vayamos a la frase. Pertenece, mutatis mutandis, a uno de los máximos y más contradictorios poetas argentinos: Leopoldo Lugones. En su poema de 1910 “A los Andes” escribió:
Yo que soy montañés sé lo que vale
la amistad de la piedra para el alma.
La virtud en los montes se humaniza,
cual toma buen olor la hierba amarga,
y la pálida fuerza de los mármoles,
por los cascos de hielo anticipada,
abre en la libertad de su belleza
ojos mejores para ver la Patria.
Como decíamos, Lugones fue un hombre contradictorio, aunque José María Rosa (“Historia Argentina”, Tomo 11, ed. Oriente,1980, p. 71 a 90), que sólo le reconoce “el mérito de haber querido comprender a MARTIN FIERRO en un medio intelectualmente extranjerizado como la Argentina del Centenario”, ve en las aparentes contradicciones del poeta una coherencia de fondo determinada por su propósito esencial de “acabar con el cristianismo, ‘religión de obediencia’.”
El primigenio progresismo de Lugones no le impidió en 1903 apoyar la candidatura presidencial del conservador proinglés Manuel Quintana. No lo hace –según Rosa- porque haya dejado de ser libertario o progresista, sino porque “se ha dado cuenta que los ‘de arriba’ también lo son, mientras ‘los de abajo’ se inclinan peligrosamente “al dogma de la obediencia’ a un caudillo”. (p. 75).
En aquella ocasión Lugones afirmó haber comprendido que “la lucha no ha de entablarse con el lobo burgués, sino con el endriago del caudillo”, agregando que “es condición esencial (…) sentar de modo inconmovible el principio de autoridad” para que el endriago no perturbe “la verdadera libertad”. Rosa comenta que con esta actitud se adelantaba a los socialistas del ’45 y a Américo Ghioldi en 1976 (p. 76).
Dice también Rosa que a partir de 1903 “una patria retórica, sin pueblo, ni sangre, ni historia” será depositaria “de su necesidad de culto como antes lo fue la Revolución Social”. Y concreta: “No ha cambiado su anarquismo; solamente ha madurado su liberalismo”. (p. 76).
“Su patriotismo formal –continúa el historiador- trasciende los hitos fronterizos: rechaza ‘nuestra América’, de Carlos Octavio Bunge y Manuel Ugarte, y de manera superlativa el ‘solar de la raza’, que Enrique Larreta y Manuel Galvez han encontrado en España. Desdeña el hispanismo de antes y de ahora, de América o de Europa. Otra cosa sería una América panamericanizada, pues los Estados Unidos nos pueden beneficiar más que España o las republiquetas de habla española”. (p. 78-79).
“¿Amó al pueblo?... Sí, un pueblo que estaba como MARTIN FIERRO en su imaginación o sus esperanzas, pero nunca encontró en la realidad”. (p. 79)
En 1923 comienza a alentar “el culto de la patria” y a despuntar su nacionalismo, aunque él nunca lo llamó de ese modo. “Un nacionalismo grato a La Nación, que aplaude los juicios del orador; un nacionalismo aceptable que no perjudica la historia liberal ni al imperialismo dominante, tabúes de la gran prensa. No era una posición revolucionaria como la de Mussolini (sic), sino conservadora; no aspiraba a conquistar una patria futura o reconquistar una perdida, sino defender la patria visible, y legible, que encontraba ante su ojos”. (p. 80).
Pese a concordar en buena parte con estos conceptos, creemos que Lugones es un universo que Rosa no acaba de explorar en profundidad. No se puede negar el sentido nacional que inspira las páginas de “Romances del Río Seco”, por ejemplo, su libro póstumo, o la prosa barroca de “La Guerra Gaucha”, cuyas notables estampas hacen justicia a la participación del pueblo llano en la lucha por la independencia. Lugones era fundamentalmente un poeta y algunas de las mejores (y más nacionales) páginas de nuestra literatura las debemos a su inspiración.
Sospechamos, sin embargo, que la presidenta tomó la frase no de Lugones (a quien hoy ya muy pocos leen) sino de Arturo Jauretche, quien solía citarla frecuentemente en su incesante tarea de docencia patriótica. Cristina ha confesado en muchas ocasiones su rendida admiración por el pensador de Lincoln, quien más certero que su amigo Rosa apunta que Lugones, también careció de esos “ojos mejores” que reclamara a sus compatriotas, casi obsesivamente, durante toda su vida, porque su error estribaba en el falso enfoque utilizado para observar la realidad nacional. “Así anduvo Lugones –afirma Jauretche- cambiando de posición y de nada le valieron los nuevos ojos porque siempre utilizó el cristal prestado. Fue a buscar afuera el anteojo y desde su afuera, enfocó la realidad argentina. Inútilmente –como tantos- indagó en los hechos y recogió de los mismos amplias sugestiones, porque careció de la visión panorámica que da el enfoque ajustado. Cambiando de ideologías, cambió de lente, pero no acertó con el nacional que es el único lente posible, porque también Lugones era hijo de una cultura que partía de la premisa misma de ‘civilización y barbarie’, que está contenida en la base de la superestructura cultural y es como el denominador de la misma y da los cartabones para el juicio sobre nuestros acontecimientos.
“Sí, ojos mejores –reclamaba por último Jauretche-, ¡pero para mirar desde aquí!”. (La Gaceta de Tucumán, 23.7.1967).
Muchos de los asistentes al acto de la presidenta debieran releer al autor del “Medio pelo” (si es que alguna vez lo leyeron). Él fue el máximo teórico de su clase y paradójicamente sigue siendo el menos escuchado.
jcjara
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
2 Octubre 2007
Por primera vez en este blog incluimos el texto de otro autor. Lo hemos elegido por un par de razones. En primer lugar porque coincidimos plenamente con lo allí expresado y nosotros no podríamos haberlo dicho mejor. En segundo término, pero no menos importante, porque el artículo recuerda a un olvidado poeta, periodista e historiador en cuyos amenos libros hemos abrevado muchas veces. Imposible olvidar sus “Pro y Contra” de Alberdi y de Sarmiento, donde desmitifica la compleja personalidad de estos próceres argentinos, ni aquel volumen de 1981, en cuyo título se halla encerrada una verdad elemental pero no siempre comprendida: “Historia, es decir, política”.
El autor de la nota, Roberto Bardini, es un periodista argentino, radicado en México hace años.
*************************************************
Es Londres no Teherán
Por Roberto Bardini
Hace 40 años, ante la inminencia de un enfrentamiento militar entre Israel y una poco compacta coalición integrada por Egipto, Jordania, Irak y Siria, muchos nacidos en Argentina –pero de escasa raigambre nacional– optaron a favor y en contra de los bandos en pugna y quisieron embarcar al país en ese lejano conflicto.
La llamada Guerra de los Seis Días finalmente estalló del 5 al 10 de junio de 1967 e Israel amplió su territorio con la ocupación de la Península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este (donde se encuentra la Ciudad Vieja ) y los Altos del Golán. En el medio, un porteño de origen irlandés les dio una lección de argentinidad a proárabes y pro israelíes.
Se llamaba Luis Alberto Murray y había nacido en 1923. Era descendiente de John Murray, un nativo de Newtowncashel (Irlanda) que se embarcó en Liverpool en abril de 1844, llegó a Buenos Aires dos meses después –durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas– y 20 años más tarde era estanciero en Capilla del Señor.
Luis A. Murray fue periodista, poeta, historiador y novelista. Profundamente vinculado a la Argentina, tradujo al slang estadounidense el tango Yira, yira, de Enrique Santos Discépolo, y fue amigo de Fermín Chávez, José María Castiñeira de Dios, Jorge Abelardo Ramos, José María Rosa y Osvaldo Guglielmino.
Mientras las armas disparaban en los peñascos del Sinaí, los diarios de Buenos Aires publicaban fotos del presidente egipcio Gamal Abdel Nasser y del primer ministro israelí, nacido en Ucrania, Levi Eshkol y los porteños discutían en los cafés. Murray era director del semanario La Hipotenusa y en el Nº 4, del 8 de junio de 1967, escribió:
“No hay tales «razas» que dividan a la humanidad en compartimentos estancos o núcleos inconciliables entre sí: ante el microscopio, ni un glóbulo de sangre se comporta como negro, blanco o amarillo, ni un espermatozoide asume premisas cristianas, gentiles, judías, musulmanas ni ateas”.
“Lo grave del asunto [...] es que una vez más se intente dividir a los «hijos del país» propiamente dichos, a los hijos de sirios o libaneses, y a los hijos de inmigrantes polacos, rusos o alemanes de confesión mosaica, en nombre de estrellas y lunas que nos son ajenas. Nuevamente habría que empapelar Buenos Aires –haya o no guerra entre israelíes y árabes– con afiches semejantes a los de FORJA en 1939: Los argentinos queremos morir aquí”.
Cuarenta años atrás los problemas de Argentina no eran muy diferentes a los de hoy y las palabras de Murray parecen haber sido escritas ayer:
“Aquí queremos hacer nuestra propia guerra. Pacífica, si se puede. Nuestra propia guerra contra el atraso, la frustración, los infinitos fraudes de la vieja política, la contumacia de los cipayos de izquierda y de derecha. No queremos agarrarnos a patadas en Corrientes y Florida por Nasser o Levi Eshkol. Como somos el pueblo mejor informado sobre lo que ocurre en cualquier parte del mundo, conocemos el problema y su gravedad. Pero no aceptaremos dividirnos por el Medio Oriente, con tantos otros motivos como tenemos, harto más inmediatos, para pelearnos entre nosotros”.
Y luego agregaba:
“No he viajado a Israel –lo cual no tiene nada de malo; lo cual no desespero de hacer algún día– y no dependo de intereses sionistas. No soy antijudío ni projudío, como no soy antibúlgaro ni probúlgaro. Entre los países que no son el mío, confieso padecer especial debilidad por España, por el Paraguay e Italia, en todo caso más íntimamente vinculados con la Argentina que muchos otros”.
El periodista finalizaba con una recomendación a sus compatriotas: “Volvamos a la Argentina. Sin aislarnos, sin perder de vista lo universal. Pero mirando al mundo con nuestra propia óptica. Mirando desde aquí hacia afuera, no al revés”.
Elegante y caballero, ingenioso y cultor de un humor sutil, Murray falleció en 2002, a los 79 años. Hombre de oficio y gran cultura, había pasado por las redacciones de los diarios Crítica y Democracia, las revistas Vea y Lea y Confirmado, el periódico Mayoría, la agencia Télam y, finalmente Clarín, donde permaneció 20 años.
Cuatro décadas después de aquella Guerra de los Seis Días, parece que otros nacidos en suelo argentino insisten en comprometer al país en un conflicto lejano. Representantes de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y de la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA) asisten a la Asamblea General de la ONU, como testigos de lo que diga el presidente Néstor Kirchner acerca de la presunta participación de Irán en el atentado terrorista contra la mutual judía en julio de 1994. Esa actitud se podría definir con palabras del filósofo francés Michel Foucault: están ahí para “vigilar y castigar”.
Simultáneamente, trascendió que Gran Bretaña estudia la posibilidad de extender la zona de exclusión de las Islas Malvinas –que actualmente es de 200 millas– a 350 millas (unos 563 kilómetros ) y que la cuestión podría ser planteada en la ONU.
La distancia de Buenos Aires a Tel Aviv es de 16.100 kilómetros y a Teherán es aún mayor: 17.500 kilómetros
De Buenos Aires a Puerto Argentino (que el Reino Unido denomina Port Stanley), en las Islas Malvinas, hay 1.800 kilómetros. Y desde Puerto Argentino hasta Río Grande, la ciudad más cercana a las islas en territorio continental argentino, el trayecto es mucho menor: 800 kilómetros .
Falta ver que la presencia de miembros de la AMIA y la DAIA en Nueva York sea una ocasión propicia para que, como representantes de un importante sector ciudadano de la Argentina , también expresen su patriotismo y manifiesten públicamente su oposición al proyecto británico. Es decir, que ya que están ahí –y como recomendaba Luis Alberto Murray– miren al mundo con ojos argentinos, “con nuestra propia óptica, desde aquí hacia afuera, y no al revés”.
Desde 1833, y quizá desde mucho antes, los argentinos sabemos que quienes perjudican al país están en Londres, no en Teherán.
* * * * * *
Tomado de http://bambupress.wordpress.com/
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
17 Julio 2007
Manuel Ugarte fue básicamente un hombre, un pensador argentino y latinoamericano, que supo aunar las banderas de la justicia social con las de la soberanía nacional. Perteneciente a la clase alta de Buenos Aires, terminó en la pobreza y sobre todo silenciado por el aparato de la superestructura cultural, por no abdicar jamás de sus ideas.
(Fragmentos de una charla ofrecida en el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, de Buenos Aires, el 6 de julio de 2007).
Dentro del panteón de Grandes Malditos de la política y las letras nacionales, Manuel Ugarte (1875-1951) ocupa uno de los sitiales más destacados.
Sus libros (más de cuarenta, publicados casi todos fuera del país) son suertes de “incunables” que muy de tarde en tarde pueden encontrarse en alguna librería de viejo, de esas que hoy también escasean en Buenos Aires.
Ahora bien, ¿cuál es el delito que cometió Ugarte para ser maldecido de esa manera por el establishment cultural de la Argentina?
Así como Sarmiento llamaba a rociar con sal la tierra entrerriana luego del levantamiento del caudillo López Jordán, del mismo modo la superestructura mitrista dominante entre nosotros roció con sal la memoria de Ugarte, luego de hacerle imposible la vida en su propia patria. “Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, decía Marx, y Ugarte cometió el desafuero de no pensar dentro de ese despótico parámetro de nociones establecidas por el poder oligárquico.
El primer delito de Ugarte fue tener talento. La mediocridad del establishment mira con desconfianza al talentoso. Pero a eso sumó nuestro escritor otros dos pecados capitales: pensar por sí mismo y hacerlo sin ningún interés espurio, sólo con miras al bienestar, al desarrollo del país y de su pueblo. Ya una persona así era sumamente peligrosa porque por ese camino podía desarrollar las ideas que necesariamente desarrolló Ugarte: unir la cuestión social con la cuestión nacional, lo que en su caso implicaba retomar la vieja, magna idea bolivariana (y sanmartiniana y monteagudiana) de la unidad continental de América Latina.
Ya para los años de 1900 ese ideal de los libertadores había sido borrado de la memoria de los pueblos. Si allá por los años de 1850, Andrés González del Solar, cuñado de José Hernández, cantaba: “¡Colón! Tal vez mañana / la noble raza del latino unida / (la hora está cercana), / formando una nación fuerte y erguida / alce la sien y los espacios mida”, medio siglo más tarde los nacionalismos de campanario habían alejado esa hora del reencuentro hispanoamericano que el poeta veía tan próxima.
Ugarte retomó la idea de la unidad de nuestros pueblos y se hizo su más importante predicador continental. Recorrió América Latina (entre 1911 y 1913) pagándose el viaje de su propio peculio hasta agotarlo, levantando sobre todo a la juventud estudiantil de la Patria Grande a tan fenomenal objetivo. Si es cierto que la Reforma Universitaria originada en Córdoba influyó sobre movimientos políticos continentales como el APRA peruano y los argentinos de FORJA, no debe olvidarse, a su vez, la influencia de Ugarte sobre los propios muchachos de la Reforma.
Pese a todo, o mejor dicho por la misma importancia de su prédica, Ugarte fue el más importante y también el más prolijamente olvidado de los hombres de la llamada generación del 900.
Cuando a la vuelta de los años Ugarte se decide a hablar de ellos dice: “Voy a hablar de una generación malograda, de una generación vencida”. Y escribe un libro lleno de nostalgia y melancolía: “Escritores iberoamericanos del 900”. Allí recuerda a algunos intelectuales de su época (nacidos la mayoría entre 1870 y 1880) y menciona a Rubén Darío (1867), Amado Nervo (1870), José Santos Chocano (1875), Florencio Sanchez (1875), Leopoldo Lugones (1874), José Ingenieros (1877), Belisario Roldán (1873), Ventura García Calderón (1886), José Vasconcelos (1882) y Rufino Blanco Bombona (1874), entre otros.
Todos ellos, o casi todos ellos, constituyeron un grupo de intelectuales que a principios del siglo que pasó redescubre o vislumbra nuestro destino sudamericano, entendiendo por Sudamérica a la América Latina toda, desde México a Tierra del Fuego. Como diría Martí: “del Bravo al Plata un solo pueblo”.
Precisamente a la cabeza de este despertar, como un antecedente ineludible, aparece el cubano José Martí quien escribía en 1877: “el primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo. No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias. No estorbar a su país con abstracciones, sino inquirir la manera de hacer prácticas las útiles”. Y más adelante en su famoso artículo “Nuestra América”: “Los pueblos que no se conocen (se refiere a los hispanoamericanos) han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. (…) Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!”.
Dicho al pasar, la prosa de Martí, de la que apreciamos un típico fragmento, está anunciando el advenimiento del Modernismo. Este movimiento, liderado por el nicaragüense Ruben Darío, renovó la prosa castellana pero al mismo tiempo contravino lo que decía Martí de no aplicar teorías ajenas, pues se caracterizó por vivir mirando al exterior, a París especialmente, y sus temas fueron exóticos e irremediablemente forasteros.
Manuel Ugarte que luego sería amigo e influyera sobre Darío (cantor de princesas pálidas y marqueses empolvados) escribía en 1896, en alusión a ese exotismo modernista:
En medio de las vencidas muchedumbres
Que reclaman el pan de las ideas,
Ellos pierden el tiempo refiriendo
Los idilios de reyes y princesas,
Evocan mitológicas mentiras
Y en oleadas de rasos y de sedas
Insultan sin saber –quizá sabiendo-
El rojo sol de la verdad plebeya.
...Palabras huecas
y frases sin color son las que triunfan
en esta edad donde la nada impera.
Lo cierto es que en 1898 la guerra entre EEUU y España luego del autoatentado contra el acorazado norteamericano Maine en la Habana (que termina con la “libertad” de Cuba, y Puerto Rico y Filipinas en manos estadounidenses) vino a sacar de su sopor a la inteligencia de Nuestra América. A la cabeza de esa reacción latinoamericana aparecen el colombiano José María Vargas Vila, que en su libro de 1902 “Ante los bárbaros” describe a los norteamericanos de manera tan poco amable; el nicaragüense Rubén Darío, que abandonando por un momento sus cisnes y marquesas escribe en 1904 su poema “A Roosevelt” y el oriental José Enrique Rodó con sus libros “Ariel” (1900) y “Motivos de Proteo” (1909).
La mayoría de éstos eran, como dijera Abelardo Ramos, “latinoamericanistas de tiempos pacíficos”.
Tomemos un par de ejemplos: Rodó (al que no hay que quitar el mérito de haber sido el primer reivindicador de Bolívar e iniciador de una idea de Patria Grande, o mejor dicho quien primero la retoma), en su libro más famoso, opone el espíritu del aire, Ariel, es decir Hispanoamérica, “la parte noble y alada del espíritu”, a la materia sensual y torpe, es decir, Caliban, personificación de los EEUU. Para Rodó América Latina era lo que él consideraba la “vida superior”, el arte, la filosofía. La actividad económica, la pujanza industrial se la dejaba al Calibán yanqui. “Necesario es temer- decía-, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, puedan terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago”. Rodó oponía, como vemos, una América precapitalista e idealizada al impulso industrial yanqui. Era el suyo un pensamiento reaccionario, conservador, que tiene que ver con la situación del Uruguay en esos tiempos. Pero esa es otra historia, u otra parte de la misma historia.
Otro autor contemporáneo de Ugarte (había nacido en el mismo año) es el argentino Carlos Octavio Bunge. En su libro Nuestra América, de 1903, reivindica lo que él llama su “acendrado amor a la Patria Grande” y dice: “en el orden psicológico me siento tan hispanoamericano como el mestizo azteca o guaraní o mulato”. Pero a renglón seguido afirma: “al estudiar la psicología de los hispanoamericanos sostengo que descansa sobre el trípode de estas tres cualidades comunes: pereza, tristeza y arrogancia” y pocas páginas más adelante, para desdecirse del todo, declara que al hablar de Patria Grande abusa un poco de las palabras, siendo su “verdadera patria la República Argentina y, en la República Argentina, la ciudad de Buenos Aires”. Con lo que cae en tirabuzón del hispanoamericanismo declamado al más acendrado localismo porteñista.
Finalmente otro argentino contradictorio, José Ingenieros, defensor de la revolución rusa, propulsor de la Unidad Latinoamericana e inteligente observador de la política de Yrigoyen, escribía en 1918 en el prólogo al libro de Bunge: “Mientras los ingleses tuvieron en Norte América, hembras anglosajonas, conservando pura su psicología al conservar la pureza de su sangre, los españoles se cruzaron con mujeres indígenas, combinando sus taras psicológicas con las de la raza inferior conquistada”.
Y así por el estilo: Alfredo Palacios, Lugones, Darío, Florencio Sánchez, González Calderón, todos renquean de alguna pierna, generalmente la misma: su desconfianza cuando no su odio hacia el pueblo, el pueblo real, no el abstracto de los discursos políticos y literarios. Y ya sabemos por Fierro que no tiene patriotismo quien no quiere al compatriota.
Por eso, cuando se produce la primera guerra mundial, el único que permaneció fiel a la idea de la independencia latinoamericana (sin abdicar de su pensamiento socialista) fue Manuel Ugarte. Es más, con lo que le quedaba de su antigua fortuna fundó el diario La Patria (1915- 1916) para defender la neutralidad, la justicia social y la industrialización en Latinoamérica.
En ese diario que vivió solamente tres meses, entre fines de 1915 y principios de 1916, Ugarte se muestra precursor de Scalabrini Ortiz, al denunciar la política antinacional jugada por los ferrocarriles ingleses en el desarrollo económico y político argentino. (En ese sentido recomiendo la lectura del capítulo 3 del tomo segundo de la biografía de Ugarte escrita por Norberto Galasso y publicada por EUDEBA en 1973).
Por lo que hemos venido desgranando desordenadamente, vimos que Ugarte fue enemigo jurado del imperialismo (sea yanqui o inglés), luchador por la unidad latinoamericana, la industrialización y el nacionalismo cultural, enemigo del arte por el arte (lo que hoy los escritores sin nada que decir llaman la “especificidad de lo literario”), defensor de la justicia social, neutralista durante las dos guerras y, como frutilla del postre, partidario y embajador del gobierno advenido tras las elecciones de febrero de 1946. ¡Pobre Ugarte! Tenia todas las lacras posibles para que el establishment cultural y político oligárquico lo crucificara en vida y mucho más después de muerto. Lo que demuestra la vigencia de sus ideas.
Cuando debió cerrar en 1916 su diario La Patria, escribió Ugarte: “El diario deja de publicarse pero las ideas quedan”. Treinta años más tarde en “Escritores iberoamericanos del 900” afirmaba aquello que recordábamos más arriba: “la del 900 fue una generación vencida”. Queda claro que pese a incluirse en esa generación, Ugarte no fue un vencido. Sí lo fueron en cambio los que claudicaron, los que tranzaron con el poder oligárquico o con las ideas dominantes emanadas de ese poder (los Palacios, los Daríos, los Rodó), o aquellos que como Lugones o Ingenieros no atinaron a ver el camino. Ugarte, por el contrario, sigue siendo “el muerto recalcitrante que no se deja enterrar” y su pensamiento sigue vivo y señalándonos el rumbo: en nuestros pueblos avasallados por el imperialismo el socialismo debe ser nacional.
Juan Carlos Jara
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo
29 Marzo 2007
Insólita y solitaria se recorta la figura de Antonio Porchia en el panorama de la literatura argentina. Hombre modesto, más preocupado en el cuidado de su jardín que por la repercusión de su obra en los cenáculos literarios, debió llegar el consabido espaldarazo de Europa para que los críticos y colegas argentinos reparasen en él.
Cuando andaba cerca de los 60 años, una edad en que muchos sólo piensan en la jubilación -asumiendo ésta como sinónimo de vejez y declinación, no como inicio de una nueva etapa en la vida-, Antonio Porchia dio a conocer la primera edición de un libro que con el mismo título: "Voces", pero con variable contenido, publicó después en incontables reediciones.
Porchia, que había nacido en Catanzaro, Calabria, el 25 de noviembre de 1886, llegó al país muy joven, con su madre y cinco hermanos menores, y se afincó en el barrio de la Boca, donde vivió buena parte de su existencia. Para mantener a su familia, como cualquier inmigrante sin recursos, debió trabajar de todo: fue mandadero, tejedor de cestas, carpintero, obrero portuario.
En los ratos libres y a lo largo de los años fue concibiendo sus "cositas", como él llamaba a sus "voces", especie de aforismos o pequeñas gotas de poesía que lo consagraron, con los años, como un escritor de gran originalidad y profundo razonar filosófico.
Al principio su libro pasó sin pena ni gloria. De los mil ejemplares editados se vendieron unas pocas decenas. Hasta que casualmente uno de esos ejemplares cayó en manos del escritor francés Roger Caillois –huésped habitual de Victoria Ocampo-, quien lo tradujo a su idioma y lo publicó en su patria provocando la admiración de los críticos galos. Uno de los grandes poetas franceses del siglo XX, André Breton escribió entonces: "El pensamiento más dúctil de expresión española es, para mí, el de Antonio Porchia, argentino".
Como suele suceder, su consagración en Europa hizo que recién entonces los críticos argentinos posaran su atención en el humilde poeta boquense. A partir de ese momento su nombre se extendió por los círculos intelectuales. Se lo empezó a comparar con Kafka, Lao Tsé, Blake, Heráclito…"Pero vea usted en qué me han convertido", le dijo cierta vez, con socarrona modestia, a uno de sus muchos visitantes, a los que solía recibir en pijama, bufanda y pantuflas, agasajándolos con pan y queso.
"Es que en verdad –ha dicho Guillermo Boido- la cultura formal de Porchia era muy limitada: no necesitó más que una lúcida inteligencia y una profunda sensibilidad para elaborar una obra de auténticos valores a partir de la experiencia cotidiana. Este hecho supone un verdadero acertijo para quienes -como Caillois- no conciben la posibilidad de tales logros sino como consecuencia de una previa acumulación de lecturas o una vasta erudición" ("Crisis" Nº 37, mayo 1976; p.9).
Este hombre callado, introvertido, modesto, que según el testimonio de uno de sus amigos, "se ubicaba siempre en el rincón más alejado de la habitación, no hacía comentarios de su obra y solo a regañadientes aceptaba leer algunas de sus ‘voces’ en público", hoy figura en todas las antologías de poesía argentina y muchas de sus frases son de dominio popular. Aun quienes no conocen su nombre, seguramente alguna vez habrán leído en algún póster, almanaque o revista, "voces" como estas:
"Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo".
"Tú cree que me matas. Yo creo que te suicidas".
"A veces, de noche, enciendo una luz para no ver"
"Eres cuanto te necesitan, no cuanto eres"
Amigo de poetas, anarquistas y ladrones, Antonio Porchia murió en una clínica de Vicente López el 9 de noviembre de1968. Sus "Voces" lo sobreviven.
Para quien quiera acceder a su obra y testimonios sobre ella recomendamos www.antonioporchia.com.ar
Juan Carlos Jara
servido por temas_argentinos
sin comentarios
compártelo